Mucho antes de que Dios fuera representado como padre, rey o señor, los seres humanos ya fabricaban figuras con cuerpos femeninos exageradamente marcados. Algunas tienen decenas de miles de años y aparecieron mucho antes del judaísmo, el cristianismo o el islam. Durante buena parte del siglo XX, arqueólogos interpretaron algunas de estas piezas como posibles representaciones de fertilidad o de una gran divinidad femenina. La hipótesis produjo una pregunta irresistible: ¿las primeras sociedades humanas imaginaron lo sagrado como una mujer?
Las llamadas “Venus” paleolíticas alimentaron especialmente esa idea. Pechos, vientres, caderas y genitales aparecen enfatizados en algunas figuras mientras el rostro apenas existe. Sin embargo, la arqueología contemporánea es mucho más prudente: no sabemos si representaban diosas. También pudieron ser símbolos de fertilidad, ancestros, amuletos, autorrepresentaciones o imágenes con funciones distintas según cada comunidad. Sarah Nelson advirtió que incluso agruparlas como si todas significaran lo mismo puede distorsionar sociedades separadas por enormes distancias y miles de años.
Algo parecido ocurrió con el famoso asentamiento neolítico de Çatalhöyük, en la actual Turquía. Sus figuras femeninas fueron utilizadas durante décadas para defender la existencia de un culto a una “Diosa Madre”. Investigaciones posteriores cuestionaron esa lectura automática: encontrar una figura femenina no demuestra que una sociedad estuviera gobernada por mujeres ni que adorara una divinidad femenina suprema. Estudios arqueológicos sobre figurillas neolíticas han mostrado precisamente que estos objetos podían cumplir múltiples funciones sociales, económicas, rituales o simbólicas, y no una única función religiosa.
Lo que sí sabemos es que las diosas tuvieron enorme importancia en muchas religiones antiguas. Inanna e Ishtar ocuparon lugares centrales en Mesopotamia; Isis fue una de las grandes divinidades egipcias; Astarté y Asherah aparecen en el mundo levantino. Esto importa porque el antiguo Israel no nació culturalmente aislado de esas sociedades. Las inscripciones descubiertas en Kuntillet Ajrud, fechadas entre finales del siglo IX y comienzos del VIII a. C., contienen incluso fórmulas que mencionan a “Yahweh y su asherah”, uno de los hallazgos más discutidos de la arqueología bíblica.
Aquí comienza una controversia fascinante. Algunos investigadores han interpretado esas evidencias junto con textos bíblicos y otros hallazgos como señales de que Asherah fue venerada por determinados israelitas y pudo asociarse con Yahweh. Pero existe una discusión académica importante: otros especialistas sostienen que “su asherah” podría referirse a un objeto o símbolo de culto y no necesariamente a una esposa divina. Lo extraordinario no es que la arqueología haya demostrado que “Dios tenía esposa”, porque no existe ese consenso, sino que la religión israelita antigua parece haber sido considerablemente más diversa de lo que una lectura exclusivamente posterior del monoteísmo podría sugerir.
Con el paso de los siglos, esa diversidad religiosa fue transformándose. Tradiciones monoteístas terminaron colocando a un único Dios en el centro y rechazando el culto a otras divinidades. Las figuras femeninas sagradas no desaparecieron completamente del imaginario religioso mundial, pero en las grandes religiones abrahámicas la autoridad divina quedó expresada predominantemente mediante lenguaje masculino: Padre, Señor, Rey. La historia de Asherah resulta especialmente reveladora porque incluso los textos bíblicos conservan polémicas contra elementos asociados con su culto, señal de que esas prácticas fueron suficientemente importantes como para ser combatidas.
Entonces, ¿Dios era mujer? La investigación académica no permite responder que sí. Tampoco existe evidencia suficiente para afirmar que hubo una religión universal de la “Gran Diosa” antes de los dioses masculinos. Pero la arqueología sí obliga a abandonar una idea mucho más profunda: que la humanidad siempre imaginó lo divino como masculino. Diosas, figuras femeninas y símbolos asociados con fertilidad, maternidad, poder y naturaleza ocuparon espacios fundamentales durante milenios. Quizá la pregunta verdaderamente interesante no sea si alguna vez Dios fue mujer, sino en qué momento algunas sociedades comenzaron a imaginar que la máxima autoridad del universo debía hablar principalmente con voz de hombre.
Fuentes: Cambridge Archaeological Journal, estudios sobre interpretación de figurillas prehistóricas; Archaeological Papers of the American Anthropological Association, Sarah M. Nelson, investigación sobre las “Venus” paleolíticas; American Journal of Archaeology, investigaciones sobre figurillas neolíticas y la hipótesis de la Gran Diosa; Vetus Testamentum, J. A. Emerton, “Yahweh and His Asherah”; Religions, investigaciones sobre Kuntillet Ajrud y religión israelita antigua; Oxford Academic, análisis de arqueología bíblica, Yahweh y Asherah.